
La Paz, 1993. El aire de la ciudad es una mezcla de gasolina y humedad de altiplano. En un estudio de la calle México un grupo de chicos graba lo que no sabe que será un himno. La canción se llama «No Me Pregunten por Él». Suena un teclado con sonido de acordeón barato, una caja de ritmos que marca un tempo exacto, y una voz que aún no sabe que en tres años todo va a explotar.
Esa voz es la de Wally Zeballos. Tiene dieciocho años y la cara de quien recién descubre que la música puede ser un oficio. Al lado suyo, su hermana Paola, que aún usa el pelo largo y no sabe que será la imagen de una década. Más allá, Beby Aponte, que acaba de bajar de un bus desde Cochabamba con una maleta y el sueño de no volver a su casa. Todos ellos son Conexión.
El grupo se formó sin pretensiones. Era la época en que las discotecas de la avenida 6 de Agosto se llenaban de jóvenes con camisas ajustadas y jeans de tiro alto, y donde los bailes de promoción se animaban con grupos que tocaban covers de cumbia argentina. Conexión llegó con un sonido más limpio, menos ruidoso, con una producción que en ese entonces parecía importada y que en realidad se hacía en un estudio de la calle Loayza, con un ingeniero que bebía café y corregía los graves con el oído.
Pero la música era apenas el ruido de fondo. Lo que sostenía a Conexión era otra cosa: la promesa de que esos chicos iban a llegar lejos. Wally era el gallo del corral. Tenía carisma y una forma de mirar a la cámara que ya parecía de figura pública. Paola era el contrapunto: seria, concentrada, con una voz que aún no encontraba su lugar. Beby era la que llegaba temprano a los ensayos y se quedaba hasta tarde, aprendiendo las coreografías mientras los demás se iban a tomar algo. «No lloraba por la música», contaría años después. «Lloraba por el cansancio».
El director era Mario Paz. Un hombre de bigote y pocas palabras, que manejaba el grupo con mano firme y una agenda que no admitía retrasos. Era él quien negociaba las fechas, quien firmaba los contratos, quien decidía qué canción se grababa y cuál se descartaba. Para los Zeballos, Mario era una figura paterna incómoda: querido y temido al mismo tiempo. Para Beby, era el jefe. Para los hermanos Ayaviri, que llegaron después, era una voz autoritaria que a veces se confundía con la de un padre.
En 1994, Conexión era un éxito. Tocaban en todo el país de Bolivia. Las radios de Santa Cruz repetían sus canciones, las tiendas de discos de Cochabamba agotaban sus casetes, y en las fiestas de quince años de la zona sur de La Paz, contratarlos era un lujo que las familias se permitían para demostrar estatus. Pero el éxito no se mide solo en aplausos. Se mide en silencios. Y en ese año, los silencios empezaron a llenar los camerinos.
La invitación llegó desde Argentina. Un mes de gira. Buenos Aires, Rosario, Córdoba. La oportunidad que todo grupo boliviano sueña. Pero también el problema que nadie había previsto: los chicos tenían que faltar a la universidad, dejar sus trabajos de medio tiempo, posponer sus vidas. Mario Paz lo vio claro: era ahora o nunca. Wally y Paola, presionados por su madre, la cantante Nena Zeballos, dudaron. Nena sabía lo que era el éxito y también sabía lo que era perderlo. No quería que sus hijos cometieran sus mismos errores.
La tensión creció durante semanas. Los ensayos se volvieron tensos. Wally discutía con Mario. Beby miraba al piso. Los Ayaviri guardaban silencio, pero ya miraban la puerta. El viaje a Argentina se canceló. Y con él, el grupo. No hubo un anuncio oficial ni una conferencia de prensa. Simplemente, una mañana de invierno de 1994, Conexión dejó de existir.
Los Zeballos y Beby Aponte se fueron juntos. Alquilaron un local pequeño en la calle 21 de Calacoto y empezaron a ensayar canciones nuevas. Llamaron a Reyna de la Fuente, una cantante que conocían de las peñas, y a Augusto Farfán, un tecladista que tocaba con los dedos como si escribiera cartas. El nuevo grupo se llamaría Pk2. Sería más grande que Conexión, pero esa es otra historia.